Autor: Renato Cisneros
Fuente: Diario La República
Fecha: 14-06-2015
Cuando empecé a escribir notas diarias en un periódico, me costaba emplear los adverbios temporales del modo en que indicaban los redactores más experimentados. Al final de cada jornada, después de cubrir las dos o tres comisiones asignadas, tenía que sentarme a escribir breves artículos, de cien o doscientas palabras, donde el “hoy” —es decir, el día que aún discurría, el día vigente en el calendario— era descrito como “ayer”, y donde el “mañana” —o sea, el día siguiente, el día por inaugurar— quedaba referido como “hoy”.
Era una maña elemental del oficio para hacer eficaz el diálogo con el lector, pero por alguna razón no lograba incorporarla. En la universidad habíamos entrenado con esas fórmulas pero luego, ya al momento de aplicarlas profesionalmente, me resultaba difícil disociar la palabra de la experiencia vital que ella nombraba y aceptar, por consiguiente, que el presente podía ser pasado y el futuro, presente.
Esos prematuros conflictos ontológicos —además de provocarme una dependencia de almanaques de bolsillo para saber qué día era el que regía en el mundo fuera del periódico— me granjearon constantes quejas del departamento de corrección, que devolvía los borradores de mis notas plagadas de enmendaduras y anotaciones en tinta roja. “¡Nuestro hoy es ayer, nuestro mañana es hoy! ¡Piensa en el lector!”, insistían en recordarme los correctores, blandiendo el manual de estilo, y a mí se me antojaba entonces que el lector era quizá una entelequia y que resultaba absurdo tener tantas consideraciones con un fantasma.
Al cabo de un tiempo me acostumbré a esas convenciones gramaticales, pero se me quedó metida la idea de que, por muy inofensivas que parecieran aquellas variaciones, nos obligaban a trabajar en un plano del tiempo inexistente, artificial o por lo menos insólito, donde categorías tan cotidianas, objetivas y consensuadas como “ayer”, “hoy” y “mañana” se intercambiaban con alevosía y eran difuminadas o tragadas por una especie de triángulo de las Bermudas lingüístico. Pensaba con recurrencia en las cartas de las que habla Ricardo Piglia en una de sus novelas: el autor las redacta en un momento emocional muy específico pero el destinatario las deconstruye muchas horas después, con otra disposición anímica, distorsionando la comunicación. Igual de erráticas y fallidas me parecían en aquel tiempo las notas periodísticas.
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Después de enloquecer más de una década con los términos de la prensa escrita, conocí la inmediatez de la radio y la televisión y me sentí rápidamente cómodo. Me aliviaba hablarles a los demás en vivo y en directo. Por fin «hoy» era hoy, «ayer» era ayer y «mañana», desde luego, era mañana. No había triquiñuelas ni lectores en los cuales pensar. Los espectadores y oyentes eran sujetos más al alcance, más vivos, y no exigían que uno camuflara ni superpusiera mentalmente los días.
Con los años, sin embargo, pasé a escribir columnas semanales que debía entregar con antelación y a conducir espacios de radio no emitidos en vivo. Entonces volvió la confusión adverbio-temporal a gran escala, pero como ya había aprendido a no ceñirme a definiciones cerradas el desbarajuste resultó más llevadero.
Hoy, por ejemplo es domingo para ustedes pero para mí es miércoles por la noche y estoy en casa de mi madre, tomando una cerveza, al pie del teclado, juntando estas palabras. Claro que de algún modo también estoy aquí, enunciando desde esta página, en una suerte de estado dominical diferido. Además estoy en la radio, en RPP, o mi voz está allí, entrevistando a Marco Aurelio Denegri, aunque en ese caso se impone el pretérito, porque la conversación con Denegri ocurrió hace tres días, el jueves (o sea «mañana» para el hombre que escribe esta columna). Pero si acordamos que hoy es domingo, entonces no estoy en casa de mi madre sino en el estadio chileno de Temuco, viendo el Perú-Brasil por la Copa América, claro que tal afirmación depende de la hora en que este texto sea leído: si son más de las seis de la tarde, el partido ya terminó, ergo, ya dejé de verlo; pero si es más temprano aún vale decir que estoy observando a la selección. Esa cuestión, en todo caso, se dilucidará el fin de semana. Para mí hoy aún es miércoles y solo me es permitido decir con certeza que la noche avanza, que el nivel de la cerveza disminuye y que las palabras dejan pronto de juntarse, esperando ser leídas por alguien sin importar cuándo.
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