Autor: Antonio Zapata
Fuente: Diario La República
Fecha: 17-06-2015
La democracia peruana siempre ha sido frágil; sus imperfecciones son numerosas y generan una deriva constante hacia el autoritarismo. Un problema mayor ha sido el enfrentamiento entre poderes. Como regla general, la confrontación entre Ejecutivo y Legislativo ha terminado en golpe de Estado. Cuando además está mezclado el Judicial, entonces el problema es mayúsculo y anuncia una crisis de imprevisibles consecuencias. Algo de esto tiene la actual situación y el peligro para la democracia luce real.
Empecemos por el Judicial. La oposición en el Congreso pide la separación del congresista Yovera porque existe una sentencia de los tribunales en contra suya. Pero, el oficialismo lo retiene porque fue electo como fujimorista y actualmente vota con el gobierno. Si es reemplazado por quien corresponde, cambia la correlación de fuerzas. Por ello, el pretexto ideal para la oposición es esta desobediencia del Legislativo ante las sentencias del Judicial.
Por su parte –con prescindencia del resultado de esta coyuntura– el conflicto entre el Congreso y el Ejecutivo sigue creciendo y lo hará hasta el final del gobierno. Ambos poderes están en colisión, en un momento que toda la clase política está muy desprestigiada.
Asimismo, Humala viene perdiendo el control del país y la intranquilidad social y ciudadana gana profundidad. Todos los signos de una crisis mayor están en el escenario.
Pero las elecciones están demasiado cerca y los poderes fácticos prefieren una salida electoral. Ni la embajada ni la elite están interesadas en un golpe y no se percibe un complot en curso. Asimismo, muchos altos puestos en el Ejército están ocupados por compañeros de promoción del presidente, que los ha ascendido a generales. Por ello, no parece tener viabilidad un golpe contra Humala.
Por su parte, un autogolpe presidencial parece lejano. Es cierto que Ollanta está acorralado y también que actualmente su última base de poder es el Ejército. Pero carece de fuerza política para llevar a cabo una iniciativa de esta magnitud y su temperamento no parece inclinado a grandes transformaciones. Aunque las encuestas de esta semana pidiendo toque de queda y patrullaje militar parecen un pesado signo premonitorio.
Incluso podría ser que la naturaleza precipite el desorden en vísperas de las elecciones. En efecto, estamos viviendo un clima excepcional. Si el mar sigue caliente hasta fin de año, tendremos un próximo verano muy lluvioso. Así, hay posibilidades de que afrontemos diluvios en la costa norte y sequía en la sierra en las semanas anteriores a los comicios. En ese caso, cualquier cosa puede pasar. Al fin y al cabo estamos en el Perú.
Pero, aun si el verano es suave y el clima se normaliza, enfrentamos una intensa crisis social y política. Además, debemos sumarle el efecto pernicioso de la corrupción. Con los últimos destapes, la primera dama ha quedado muy mellada y la sentencia a su favor del Judicial quizá la salva pero la embarra. Ahora es una más del montón.
Por su lado, las denuncias que vienen del Brasil comprometen a Toledo y García. Ambos ya venían muy desgastados por escándalos de diverso tipo. Aunque García dispone de mayores recursos políticos, la cosa se ve muy cuesta arriba y ello quizá explica la elevada crispación de sus parlamentarios.
Meses atrás, las encuestas indicaban que solo el 50% estaba decidido por Keiko, PPK o García. Ahora, Keiko sigue subiendo, PPK también y registra dos tercios de la puntera, mientras que Alan retrocede y marca sólo un tercio. Pero ya estaba presente y se expande el desaliento con la democracia y el espacio para el autoritarismo.
Salvo imponderables llegaremos al 2016, pero cómo, quizá dando paso a un nuevo hombre/mujer providencial, que surgiendo de las elecciones, aproveche la crisis de hoy para imponer la mano dura.
Esperemos que Ollanta llegue al final, y, sobre todo, ojalá evitemos que su herencia sea el clásico dictador que aparece por sorpresa desde adentro. Así nació Alberto Fujimori.
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