Autor: Diego García Sayán
Fuente: Diario La República
Fecha: 25-06-2015
Fue casi siempre la economía lo que explicaba las olas de impopularidad de los gobiernos. En estos tiempos, el principal factor que lanza a la gente a las calles en América Latina es la corrupción. Es la “mano que mece la cuna” del curso de gobiernos cuyo respaldo popular colapsa a veces a los pocos meses de haber sido elegidos. Grande o pequeña, real o presunta, es alrededor de la corrupción que varias cabezas de gobierno hoy se asientan con fragilidad.
Coinciden los contextos de precariedad e inestabilidad gubernamental en al menos cinco países en los que los presidentes –o presidentas– están acosados por denuncias de corrupción y obligados(as) a poner este tema en el centro de su agenda. Esta constatación tiene dos particularidades que es importante analizar. La primera es la democratización de la sociedad con la creciente autopercepción de derechos que eso ha traído consigo; la segunda, la ruta que contribuye a que las denuncias de corrupción adquieran protagonismo central en las agendas políticas.
En la “democratización” de las sociedades una de sus manifestaciones más trascendentes y relevantes es cómo ha venido interactuando con la gente. Y cómo, en particular, ha impactado en la extendida y saludable percepción de “yo tengo derecho como ciudadano(a)”. Es algo sin precedentes en la historia latinoamericana. Así, por ejemplo, el clamor social de que los procesos de inversión en recursos naturales vengan precedidos –y acompañados– de consultas a la población se ha vuelto algo generalizado en toda la región. Sería de una atrabiliaria estupidez atribuir eso a los “antimineros”.
Esa percepción reforzada de derechos propios tiene una manifestación muy clara en la poca tolerancia frente a informaciones sobre apropiación de recursos públicos, coimas o uso del poder público en beneficio personal. Nunca ha existido en nuestra historia tan poca paciencia frente a actos equívocos atribuidos a funcionarios públicos. Casi no importa, en ese contexto, si los hechos atribuidos sean de miles o de millones de dólares; en uno y otro caso se gatilla la protesta y el malestar social de inmediato.
¿Siempre fue así en la historia latinoamericana? No parece ser así; habida cuenta, además, que corrupción siempre ha existido, pero con grados de “tolerancia” o, si cabe, de resignación, hoy impensables. Entre otras razones porque la sociedad está mucho mejor informada que en el pasado. Esto tiene que ver con la segunda particularidad del actual momento de focalización creciente de la atención de la gente en la corrupción.
En un contexto de debilidad de partidos políticos y de otras vías de representación, los medios de comunicación pasan a ocupar un espacio de creciente protagonismo en la determinación de las agendas políticas y sociales. Una contundente denuncia periodística suele tener un impacto mil veces mayor que horas de debates parlamentarios o la laboriosa función de un fiscal o un juez. Hasta aquí lo obvio.
Sin embargo, hay que reconocer que esta dinámica tiene ambivalencias. Suele ser que a través de titulares periodísticos o de reportajes televisivos es que se conocen situaciones de corrupción –real o presunta–, que ponen en marcha a fiscales, jueces o parlamentarios. Paralelamente, sin embargo, sería ingenuo no tener en cuenta que muchas veces la forma en que se escoge la noticia, se le saca “filo” o se orienta en una dirección determinada, no responde necesariamente a una neutral vocación por la “verdad”. En esas campañas suele haber una agenda política detrás, la que, por lo general, no es transparente ni explícita.
Acabamos, así, en una situación con ambivalencias. De un lado, “salud” social en la impaciencia de la gente frente a cualquier atisbo de corrupción. Simultáneamente, agendas de quienes levantan la información y llevan a cabo campañas a veces selectivas y que apuntan en dirección de unos “corruptos” –reales o presuntos– y guardan silencio sepulcral frente a otros. El balance, sin embargo, es positivo. Sociedad que se democratiza y con más información tiene un inmenso valor. Eso no la libra de estar alerta a la manipulación mediática y a las agendas ocultas que pudieran existir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario