Autor: Augusto Álvarez Rodrich
Fuente: Diario La República
Fecha: 17-06-2015
El riesgo de gobernar con una popularidad muy baja.
Sigue cayendo la aprobación al binomio que gobierna el país, y aunque la tendencia podría continuar a la baja, ya está lo suficientemente débil como para preguntarse si esta alicaída popularidad perturba la gobernabilidad del país.
La respuesta es, obviamente, que sí, pues a un gobierno impopular le suele ir peor que a un gobierno de gran aceptación, pero esta realidad no debiera llevar a plantear, necesariamente, escenarios catastróficos durante el año que le queda a la presidencia de Ollanta Humala.
Cualquiera que sea la balanza en la que se pese la aprobación, la conclusión es la misma: va para abajo.
En la de Datum, difundida el lunes, la desaprobación al jefe de Estado se elevó a 82% (quince puntos más que en mayo), el máximo nivel que ha registrado en lo que va de la presidencia de Humala, mientras que su aprobación se ha desplomado hasta su mínimo: solo 14%, catorce puntos menos que el mes previo.
A su vez, en la encuesta de Ipsos, revelada el domingo, la aprobación del presidente Humala descendió de 21% en mayo a 17% en junio, mientras que la popularidad de la primera dama Nadine Heredia cayó en el mismo período de 21 a 15%.
Ipsos considera que el factor que está arrastrando a la baja la popularidad del presidente Humala es el ocaso de la simpatía de su esposa, pues en ella se ha producido la caída mayor. Lo mismo sucede en Datum, en la que, entre mayo y junio, su aprobación cayó 16 puntos y su desaprobación aumentó 17 puntos.
Esto es consecuencia, sin duda, del fuego cruzado en el que está metido el gobierno y particularmente la primera dama Nadine Heredia.
¿Puede este escenario cambiar en el futuro próximo? Seguramente que sí, en cualquier sentido, para abajo o para arriba, pero, por lo pronto, y hasta nuevo aviso, perfila a un gobierno débil.
Esto significa, por un lado, un gobierno más indefenso, es decir, con menor capacidad de defenderse de la oposición o de las denuncias periodísticas. Y, por el otro, implica una menor capacidad ofensiva en el sentido de mayor dificultad para sacar adelante iniciativas que requieran invertir capital político pues eso es, precisamente, lo que más le falta ahora al gobierno debido al proceso de descapitalización que ha sufrido.
Todo esto no significa, necesariamente, el comienzo del fin. El ex presidente Alejandro Toledo, por ejemplo, vivió momentos en que la tasa de crecimiento del PBI era mayor que la de su popularidad.
Pero este escenario sí implica un riesgo mayor en el sentido de que una situación mal manejada se transforme en crisis profunda, tal como le suele ocurrir al que anda con las defensas bajas y un resfrío se le vuelve, con rapidez, neumonía.
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