domingo, 21 de junio de 2015

Berlin

Fecha: 20-06-2015

Hace unos días me pidieron contribuir a un programa llamado “10 Cosas” que produce mi universidad. El espacio pide a un docente seleccionar un autor o autora que haya marcado su vida como académico. Casi sin pensarlo, escogí a Isaiah Berlin (1909-1997), filósofo, liberal, historiador de las ideas, humanista, activista. Si les interesa, podrán ver el programa pronto y ojalá se animen a leer su obra.

Me quedé pensando por qué opté por Berlin casi por reflejo si hace años que no trabajo nada sobre el autor. Revisar sus textos me hizo tomar conciencia (o recordar) en qué medida Berlin nos ofrece ideas muy poderosas, atractivas, para un joven que creció en el Perú de los años ochenta y noventa. O, mejor dicho, para cualquier persona que vive en una sociedad donde las ideologías, los dogmas, se manifiestan en forma acrítica y agresiva en la esfera pública. 

Imposible detallar su obra en este espacio, pero básicamente Berlin estudia la genealogía de ideas que terminaron haciendo del siglo XX uno de muerte y destrucción. Encuentra que la fuente de los totalitarismos y movimientos autoritarios no está solo en románticos, socialistas y conservadores, sino también en ilustrados, racionalistas. Muestra cómo las ideas abstractas que prometen la armonía social y la “verdadera” libertad con frecuencia han aplastado a individuos concretos.

Sus ideas, más bien, son una invitación a la duda, a la prudencia. Berlin, casi por oposición, nos ofrece un liberalismo agonista, basado en el pluralismo de valores antes que en certezas. Un liberalismo que demanda del Estado considerable espacio para la “libertad negativa” (entendida como ausencia de límites externos) a fin de garantizar que los grandes proyectos políticos no terminen en abusos. Pero es también un liberalismo que critica a quienes usan la libertad para justificar privilegios y exclusión. “La libertad de los lobos ha significado con frecuencia la muerte de las ovejas”, nos dice.

Releer estos ensayos me recordó en qué medida este pluralismo político ayudó a articular mi rechazo a una serie de ideologías y estilos políticos antipluralistas que nos rodearon en los ochenta y noventa. El totalitarismo de Sendero Luminoso; la brutalidad del Estado; la arrogancia y violentismo de la izquierda; la indolencia y racismo de la derecha conservadora; el Fujimorismo con su matonería; el dogma del mercado y su celebración de la desigualdad como fuente de desarrollo.  

Luego me fui alejando de Berlin. La filosofía analítica nos muestra lo difícil que es basar la libertad en el pluralismo. Y la ciencia política, especialmente la economía política, deja en claro que pasar de ideas políticas a fenómenos políticos no es tan sencillo. Sin negar un peso a las ideas, hay condiciones que favorecen su impacto, otros procesos que explican por qué unos países fueron más proclives a totalitarismos y autoritarismos que otros. 
Hoy el valor de Berlin sigue vigente y ha sido muy bueno recordarlo. Difícil en un país fragmentado y con profundas diferencias sociales hablar de rasgos generacionales, pero seguro varios compartirán mi rechazo ochentero a los proyectos que no dudan de sí mismos. Nulo entusiasmo por las grandes promesas de justicia y cambio que no parten de reconocer sus límites, contradicciones ni sus excesos pasados; rechazo visceral al razonamiento arrogante de nuestra limeña derecha civilizadora. Berlin (como Aron, Nussbaum, Hampshire) refuerza estas intuiciones y nos enseñan la importancia de una mirada escéptica contra los termocéfalos de todo tipo. Parafraseándolo, un ideal menos grandioso que el ofrecido por otras ideologías, pero no por ello menos inspirador.

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