lunes, 22 de junio de 2015

El padre ausente

Autor: Jorge Bruce
Fecha: 22-06-2015

Escribo estas líneas que ustedes tendrán la indulgencia de leer un lunes, el día del padre. Debo decir que para mí significa más o menos lo mismo que el día del pisco o el pan con chicharrón (aunque esta última palabra sea acaso más importante en el contexto nacional, por motivos tanto literales como figurados). Bueno, eso pensaba, hasta que recibí la llamada de uno de mis hijos que está en un país lejano, para darme un beso. De pronto, todo cambió. En los recovecos de mi inconsciente se agigantó la figura del Padre, con mayúscula. El afecto, como siempre, pudo más que el intelecto. Sin que pudiera hacer nada para impedirlo, comencé a preguntarme por mi rol paterno, por mis errores y omisiones (ah, la culpa judeocristiana), a buscar por ahí algún acierto que me redima (ah, el narcisismo freudiano).

Como esta columna suele intercalar los acontecimientos personales con los colectivos, les narro la fugaz secuencia de estaciones por la que transcurrió el tren de mi pensamiento: tras mirarme en el engañoso espejo de mi yo, recordé la figura de mi propio progenitor, ya fallecido, e hice un breve recuento de lo mismo que hice conmigo. Sin entrar en intimidades, solo diré que lo sigo mirando hacia arriba y eso me viene bien. Nada como un modelo respetado para que te sientas guiado y acompañado en este complejo (otra palabra de connotaciones psicoanalíticas) cometido. Por algo Freud decía que hay tres oficios imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar. En donde imposible alude al afán de hacerlo a la perfección: no se puede.

Pero como esta columna suele intercalar asuntos personales con los colectivos, pronto llegué a la paradigmática metáfora del Presidente como padre, en tanto jefe del Estado (temo que Rosa María Palacios me corrija diciendo que el jefe es el premier o algo así). En ese punto de mis reflexiones, es decir aquí y ahora, sentí un angustioso vacío. Porque la figura de ese padre simbólico es la de una silueta en blanco. O, si prefieren, tan desdibujada que sus contornos se pierden en la neblina de este invierno de nuestro descontento, tibio e indeciso. Si me permiten seguir asociando libremente, es la imagen de un padre tan fascinado con su esposa, tan irritado con sus cada vez más numerosos detractores, que ha olvidado a sus hijos. Estos, a su vez, parecen estar pasando de un reclamo irritado, primer paso del duelo melancólico, a una creciente indiferencia.

Esto es lo peor que le puede suceder a un padre. Que nadie espere más nada de él (ni siquiera su mujer). Más aún: es lo peor que le puede suceder a un país, que el presidente (con minúscula) aparezca como una presencia inocua, desvalorizada, irrelevante. Pienso también en quienes lo vieron llegar al poder con pánico, alucinando un padre tiránico, persecutorio e irresponsable. Como ya ha ocurrido antes, deben sentir vergüenza por haberse dejado dominar por sus fantasmas. Ese temible Hugo Chávez en versión nacionalista, solo existía en su ideologizada imaginación. Otra vez estamos solos. A lo mejor ya es hora de arreglarnos entre nosotros.

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