lunes, 15 de junio de 2015

La bomba atómica

Autor: Mirko Lauer
Fecha: 14-06-2015

La idea de un golpe de Estado sigue abriéndose camino en la feria de las acusaciones políticas. Comenzó como el temor a que Ollanta Humala lo usara para resolver de un manazo sus problemas políticos, en la forma de un cierre del Congreso. Luego surgió el temor a que el estado de emergencia en el sur fuera antesala de una militarización más extendida.

Ahora, a raíz del impase en el Congreso, el gobierno y algunos sectores de la izquierda están acusando a la oposición de derecha de cocinar un golpe de Estado, en la forma de un putsch parlamentario. Con lo cual virtualmente todo el espectro político lleva ahora el sambenito, no demostrado, de acariciar un empujón a la democracia.

Así, el golpe de Estado está funcionando en el debate como la bomba atómica en la geopolítica. Un arma amenazadora y decisiva a primera vista, pero demasiado fuerte para ser utilizada. Los escenarios de golpe que es posible barajar en estos tiempos son todos inviables, de los dos lados de la ecuación, y son indiferenciables del suicidio político.

Por ejemplo un cierre del Congreso, incluso uno que tuviera ribetes de legalidad, dejaría a Humala en una situación de aislamiento radical. Sería improbable que los dos pilares claves que apoyaron anteriores golpes –la Fuerza Armada y el gran capital– lo siguieran en la iniciativa. El caos producido devoraría a Humala en poco tiempo.

El golpe desde el Congreso es todavía más difícil de imaginar. La oposición tiene los votos necesarios para entorpecer, pero no la mayoría calificada para descabezar al Ejecutivo. Aun si lograran volver al gobierno inmanejable, tampoco ese escenario parece atractivo para una conjura golpista de urgencia.

¿Todo esto quiere decir que el país está blindado contra un golpe de Estado? Por lo menos significa que la descomposición institucional que estamos viviendo todavía es menos tóxica de lo que parece, y sigue calificando como mal menor. Aunque podría haber simpatías por alguna formulación drástica de efecto limitado, como un adelanto de elecciones.
Lo que estamos presenciando, pues, no es la inminencia de un posible golpe, sino más bien el espectáculo de un gremio político que no está logrando ponerse de acuerdo sobre algunos puntos de mutua conveniencia. Por ejemplo no priorizar tanto el fuerte deseo de meterse unos a otros a la cárcel. Que, de paso sea dicho, es a dónde suelen conducir también los golpes.

Es una lástima que el ordenamiento político no contenga la posibilidad del arbitraje. Pues es eso lo que se está necesitando en estos tiempos. Algunos suelen ver a la siguiente elección (la que viene y las anteriores) precisamente como una forma de arbitraje popular. Lástima que siempre terminen siendo una minoría los satisfechos con este método.

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