Autor: Pedro Salinas
Fuente: Diario La República
Fecha: 21-06-2015
Así lo etiquetó solapadamente el genial Piero Quijano, quien es como el espíritu de esta y otras opiniones de papel. Lo hizo, si mal no recuerdo, en la columna de Eduardo Dargent.
La alusión era, evidentemente, al parlamentario Juan Carlos Eguren, autor de las frases más repelentes de la semana. “Es casi imposible que se produzca un embarazo después de una violación callejera, porque se produce en un estado de estrés, de shock, donde, obviamente, la mujer no tiene ningún tipo de lubricación”, dijo. Y no fue lo único que dijo, les cuento. “Alrededor del 40% de los violadores no llega a tener eyaculación porque son enfermos. Incluso hay un porcentaje que sufre disfunción eréctil”, añadió.
Y bueno. Tomando en cuenta que en el Perú nos sobran los tontos solemnes (pues eso es como algo muy nuestro), y considerando además la vis cómica innegable del congresista Eguren y sus ideas tan rezurcidas como la cara de Frankenstein, igual uno no deja de sentir impotencia ante tanto sainete imbécil.
Porque a ver. ¿De dónde ha sacado este político analfabeto en materia de fertilidad y de sensibilidad los datos que regurgitó tan alegremente? ¿Qué hace un varón opinando sobre un tópico tan delicado, cuya decisión debería depender únicamente de la mujer que ha sido víctima de una violación? ¿No es lo mínimamente empático este señor Eguren para ponerse en los zapatos de una mujer violada? ¿Nadie le ha dicho que sus ideas fundadas en el dogmatismo ciego y en creencias de rigideces cadavéricas, intoxicadas por la fe religiosa, en lugar de hacer el bien, perpetúan el mal?
Tampoco deja de sorprender que, quien lanzó tremenda insensatez sea el presidente de una comisión en el Congreso. Y no de cualquier comisión, digo. Sino de una que ve temas de justicia y derechos humanos. Y obvio. Cada uno es como es, y las palabras las carga el diablo, y Eguren tiene todo el derecho a pensar y a creer en lo que le dé la regalada gana.
Pero como autoridad, la cosa cambia un poco. Porque luego de escucharlo, qué quieren que les diga, me dejó la sensación de que estamos siendo gobernados por subnormales. Y que, si las leyes que nos rigen o que nos van a regir a futuro van a depender de especímenes como el susodicho, que no toman en cuenta que el Perú es el país con la mayor tasa de denuncias por violación sexual en toda Sudamérica, pues vayamos pensando en el harakiri.
Lo más alucinante es que no era el único que pensaba así. Sus correligionarios pepecistas, con excepción de Pablo Secada, lo defendieron a capa y espada y a machamartillo. Y el proyecto de ley para despenalizar el aborto en casos de violación, qué creen, de paso fue archivado sin ser debatido. Tal cual.
Es cierto que del Parlamento nacional puede esperarse cualquier cosa. Porque es a lo que nos tienen acostumbrados. Y la barrabasada de Eguren, si me apuran, no es más que un botón más. De aquellos que confirman que en el Perú nos regentan ignorantes y fariseos y conservadores, y políticos pusilánimes que quieren evitar enfrentarse a la iglesia católica. No obstante, como anotó Eduardo Dargent en estas mismas páginas, no deja de inquietar “el silencio político que sigue a la pachotada”.
La indiferencia, la ausencia de autocrítica, la indolencia, la autocomplacencia, la contumacia, son síntomas preocupantes en una sociedad. Y eso, a ver si nos enteramos, es algo que debería hervirnos la sangre a quienes queremos vivir como ciudadanos libres en un Estado no confesional.
Porque, todo hay que decirlo, el Perú es un remedo de nación, gobernado por una cuadrilla de personajillos insustanciales, donde los pánfilos destacan, y nadie asume la culpa de nada. Porque la estupidez es como algo natural. Y bueno. Este tipo de situaciones son las que nos llevan a pensar a varios de que esto no tiene solución. Que este Perú irresponsable, que produce payasos a borbotones, está condenado a repetirse a sí mismo hasta el infinito y más allá.
No obstante, pasado mi estupor, sigue siendo un alivio que, pese a todo, hay gente que se resiste a vivir bajo este karma. Y se arriesga. Y opina. Y guerrea. Y se encoleriza. Y se resiste a ser un aborregado más. Y protesta. Y lo hace ahí donde el idiotismo depreda a su aire. Con el propósito de evitar que nos conviertan en un país apocado y acoquinado, conformado por acríticos e ignorantes.
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