domingo, 26 de julio de 2015

Olvidar lo malo, recordar lo bueno

Autor: Raúl Tola
Fecha: 25-07-2015

A nueve meses de las elecciones generales del 2016, una nueva encuesta confirma las tendencias en la intención del voto. Keiko Fujimori ocupa un cómodo primer lugar para la primera vuelta, y tiene ventaja frente a cualquiera de sus rivales en la segunda vuelta. Todavía no enfrenta las críticas y denuncias que suelen llover en el trecho final de una campaña –¿algún video inédito, por ejemplo?–, pero queda claro que su caudal de votos se ha expandido, y que sus contrincantes deberán prodigarse más que en 2011, si quieren vencerla en la carrera hacia la presidencia. ¿Cómo lo ha conseguido?

Los estrategas de Keiko Fujimori se han esforzado en construir un discurso componedor, que apela a la «madurez» de los electores, quienes deben olvidar los errores y crímenes que tapizan la historia del fujimorismo, como condición para que nuestro país se reconcilie y prospere. En los últimos años, hemos visto el proceso de conversión de algunos de los periodistas y políticos que denunciaron con mayor ferocidad al gobierno de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, por atentar contra el orden democrático, cometer violaciones a los derechos humanos y robarle cantidades de vértigo al erario público –6,000 millones de dólares, según un balance publicado por El Comercio en 2010 que algún hacker se ha apresurado a censurar para Facebook y Twitter–. Fernando Rospigliosi y Luis Iberico, dos de los más conspicuos críticos de aquel régimen, acaban de subirse a su tren de campaña, llevando el asombro a nuevos niveles.

Pero el fujimorismo pide una amnesia selectiva. Así como exige que sus grandes pasivos queden en el olvido, recuerda permanentemente las políticas que le acarrearon una mayor popularidad, acusando de ingratitud a quienes no lo hacen. Esta contradicción es el punto de partida para la invención de una nueva identidad, que sus voceros oficiosos han pretendido presentar como una refundación. Nada la resume mejor que aquella frase estrambótica, gritada a todo pulmón por Keiko Fujimori a sus seguidores, al calor de los resultados de la primera vuelta del 2011: «¡Que se escuche hasta la Dinoes!».

No hace falta un análisis muy profundo para verle las costuras a esta estrategia, puramente cosmética. Basta revisar el entorno de la candidata fujimorista, para encontrar a las mismas personas que formaron parte del régimen del ex presidente Fujimori, hoy preso por crímenes de lesa humanidad y corrupción. ¿Qué clase de renovación puede incluir a los actuales congresistas de Fuerza Popular Martha Chávez, Luz Salgado, Alejandro Aguinaga, Cecilia Chacón, Luisa María Cuculiza o Rolando Reátegui, por mencionar algunos nombres? Esto sin contar a la propia candidata, que ejerció el papel de primera dama durante el gobierno de su padre.

El Perú necesita verdaderos partidos políticos, que representen todas las tendencias existentes, dentro de los márgenes de la democracia Así como no tenemos una izquierda moderna, que deslinde sin medias tintas con las prácticas totalitarias de la órbita bolivariana, nos hace falta una verdadera derecha, con un discurso articulado e inteligente, que rechace el autoritarismo y el mercantilismo de los noventa, y crea sin dudas en la libre competencia y el imperio de la ley. Hasta ahora el fujimorismo no ha demostrado ser esa alternativa. No lo será mientras no haga cambios de fondo, y se cuide de omitir el primer paso honesto para una verdadera reconciliación: la autocrítica.

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