Autor: Nelson Manrique
Fuente: Diario La República
Fecha: 07-07-2015
La actual crisis griega recuerda en algo nuestra situación a fines de los 80: un país endeudado por encima de sus posibilidades y una negociación con los países acreedores y los organismos multilaterales, especialmente con el FMI, decididos a imponer un despiadado ajuste estructural. Entonces Alan García decidió limitar unilateralmente el pago de la deuda externa a un 10% de los ingresos del país (que nunca se cumplió) con los resultados conocidos. ¿Es similar la situación de Grecia?
Se ha escrito mucho, fundadamente, en torno a que el endeudamiento griego fue usado para financiar un Estado de bienestar que estaba por encima de sus posibilidades económicas, con el componente, que también conocemos, de una gran corrupción. Se habla, sin embargo, mucho menos de que una buena parte de la deuda griega se contrajo por la compra de armamentos, especialmente a Francia y Alemania, porque geopolíticamente Grecia es el límite oriental de la Europa cristiana, y tiene al frente a Turquía, donde empieza el mundo oriental, musulmán. Geopolíticamente esto interesa no solo a Grecia sino a toda Europa.
El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien fue asesor de Bill Clinton y vicepresidente y economista-jefe del Banco Mundial, sostuvo antes del referéndum griego que “la verdadera naturaleza de la disputa sobre la deuda es mucho más sobre el poder y la democracia que sobre el dinero y la economía”.
La batalla en torno al referéndum suponía para los acreedores europeos y el FMI un paso hacia el objetivo de deshacerse de un gobierno de izquierda incómodo, no tanto por la importancia de su deuda sino por el “mal ejemplo” que podía representar para otros países en crisis, como España e Italia.
Hace cinco años se llevó adelante una primera negociación entre el gobierno griego de entonces y la troika: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. El resultado fue un “programa de salvataje” con un préstamo que tuvo como contrapartida un despiadado programa de ajuste estructural como esos que tan bien conocemos los peruanos. Se suponía que la amarga medicina serviría para relanzar la economía griega. El balance cinco años después es desastroso. Stiglitz afirma no recordar ninguna depresión que “haya sido jamás tan deliberada, ni haya tenido consecuencias tan catastróficas” como la provocada en Grecia siguiendo los dictados de la troika. Las cifras son elocuentes: una caída del 25% del PIB, una brutal contracción de la capacidad consumo de la población, un agravamiento de la recesión y un desempleo juvenil que se ha disparado por encima del 60%. Ahora se les exige profundizar en la misma línea.
En realidad el verdadero objetivo del programa no fue salvar a Grecia sino a los bancos acreedores europeos: convertir las deudas de Grecia con la banca privada europea en deuda pública, comprada por el gobierno griego, reclamable por los gobiernos europeos. De esa manera se ha descargado sobre el pueblo griego el costo del salvataje de la banca privada europea y la “ayuda” que le otorgó la troika el 2010 ha retornado casi íntegramente a Europa: “Hay que decirlo claramente –afirma Stiglitz–: en realidad, casi nada de la enorme cantidad de dinero prestada a Grecia ha llegado allí. Ha ido a pagar a los acreedores del sector privado, incluidos los bancos alemanes y franceses. Grecia no ha recibido más que una mísera parte de eso, pero ha pagado un alto precio para preservar los sistemas bancarios de esos países”.
Es en ese contexto que Syriza asumió el poder a inicios de este año, prometiendo renegociar la deuda griega de tal manera que no se agravara más la recesión y el país pudiera recuperarse, para honrar sus compromisos. “Es alarmante que la troika se haya negado a aceptar su responsabilidad por todo ello o a admitir lo erróneos que han sido sus previsiones y modelos”. El afamado economista francés Thomas Piketty, autor de El capital en el siglo XXI, ha recordado que hace tres años el FMI reconoció que se había ido “demasiado lejos” con las políticas de austeridad. Añade Piketty que Alemania no tiene autoridad para dar lecciones a nadie, porque su reconstrucción, luego de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, se basó en que le condonaron el 60% de su deuda acumulada. Grecia estuvo entre los países que le dieron la mano, con el Acuerdo de Londres, en 1953.
Más allá de si las negociaciones que vendrán luego del triunfo del No terminan o no en la salida de Grecia de la Eurozona, la crisis trasciende las fronteras griegas y va a tener consecuencias de largo alcance. Como Stiglitz concluye: “El modelo económico de la Eurozona se fundamenta en relaciones de poder que perjudican a los trabajadores”.
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