lunes, 20 de julio de 2015

El mandato

Fecha: 19-07-2015

Una de las preguntas que con más constancia se me ha formulado en estos días es: «¿Cuándo te diste cuenta de que querías escribir una novela sobre tu padre?». En todos los casos, mi respuesta cayó rápidamente en digresiones debido a que no he conseguido identificar un único momento que deflagrara o propiciara la escritura de mi libro.

Quizá debería aclarar que La distancia que nos separa es la primera novela sobre mi padre pero no el primer libro. Varias de las páginas de mis tres poemarios aluden a su muerte. En el último de ellos, Nuevos poemas italianos, hay un poema, El David, que no escribí pensando en él pero que, tal como alguien me hizo notar luego, constituye una evidente alegoría a su figura. [«En el fondo de tus ojos, David, el gigante se sigue desplomando/ Su cabeza, desigual y rota, no para de sangrar/ ¿Qué música indecente se columpia  entre tus manos? ¿En qué primorosa lluvia se remoja tu cabello?/ Te veo y tiemblo, David/ Tengo una pedrada tuya alojada en un lugar de mi pasado»].

Antes de eso, entre el segundo y tercer poemarios, escribí una plaqueta —El laberinto de las espadas— con poemas acerca de su muerte o de los efectos o despojos de su muerte. Sin embargo, no parece haber bastado la poesía. Era necesaria otra mirada, otra voz, otro temple para proyectarlo y hablar de su desaparición. Aun así, no estoy satisfecho. Cómo podría estarlo, si detrás de todo padre muerto siempre hay una narración insuficiente.


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Si pienso en escritores que fueron inspiradores, pienso en el argentino Federico Andahazi. Lo conocí el 2009, en México. Estábamos en medio de una recepción ofrecida a los ganadores del Premio Planeta; él en calidad de invitado especial, yo de reportero ordinario. Como hacía poco había leído La ciudad de los herejes, me acerqué a entrevistarlo. Conversábamos divertidamente y se me dio por contarle aspectos de la vida que mi padre llevó de joven en Buenos Aires, donde nació. En ese entonces mis indagaciones recién empezaban. «¿Y vos escribís?», me preguntó Andahazi de súbito, abriendo los ojos como lupas. Me sorprendió la intención, el tono que usó al decir «escribís», como refiriéndose a escribir pero de verdad, escribir en serio, orgánicamente, literariamente, como si escribir fuese botar lava y sangre desde el estómago. No se refería a la escritura como oficio alimentario, como hacer burocráticas notas de prensa como la que yo acababa de enviar a Lima esa mañana contando el quién-cuándo-cómo-dónde del Premio Planeta. Con un inmenso pudor le dije que sí, no porque estuviese convencido de ser un escritor sino por vergüenza a que viera en mí a un mecanógrafo con carné de prensa, un mal afeitado cronista del montón. «Tenés que escribir eso que me contaste», completó Andahazi y yo percibí que su frase era una especie de orden o asignación.

Algo similar me ocurrió con el chileno Alberto Fuguet, una noche de ese mismo 2009. El lugar: la Feria Ricardo Palma. Apenas terminamos de presentar su novela Missing —la fantástica investigación sobre su desaparecido y luego reencontrado tío Carlos— firmó mi ejemplar: «Ahora espero que te hagas cargo de tu historia». Un año atrás en Santiago, en la terraza del hotel Bonaparte, le había confesado que me inquietaba el origen secreto de mi familia, en especial los primeros años de mi padre, y él me miró con escándalo, como queriendo gritarme «¡Anda ponte a trabajar!».

Entonces me puse a trabajar más. Y como a la literatura hay que ayudarla a fluir, fue clave recibir cierto sostén logístico. Pienso, por ejemplo, en Ramona Mohme, querida amiga de mi madre, quien me prestó un bungaló campestre sin preguntarme para qué lo necesitaba. Allí me encerré varias semanas para vérmelas a solas con mi libro y mis archivos. Allí, apartado de Lima, oyendo la evolución de los ciclos del río, pude internarme en un bosque hecho de preguntas y derribar —ciego, decidido, un hacha en cada mano— los gigantescos árboles torcidos que se interponían entre las palabras y yo.


Pero hubiese sido imposible refugiarme en aquella cabaña idílica si no fuese por mis jefes, que advirtieron que la cara que llevaba el día que me presenté en sus oficinas clamando por un descanso, un paréntesis, una licencia sin goce, era la imagen viva de una frustración que no iría a resolverse de otro modo que escribiendo. «¡Ya, vete, vete!», me dijeron, hartos de esa apatía contagiosa que se me adhería a los huesos por fuera.

No sé si estas nuevas digresiones sirvan para responder convincentemente la pregunta inicial, pero quizá sí alcancen para explicar que, en algunos casos, y ojalá este sea uno, la literatura no asoma como una decisión sino que se impone como un mandato.

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