domingo, 26 de julio de 2015

La posibilidad de ser otro

Fecha: 25-07-2015

El próximo miércoles me voy del país. Me voy a vivir a Madrid por unos años, cinco en principio, aunque podrían ser más. Lo escribo y me suena a mentira. Lo escribo y recuerdo ese día soleado del otoño 2014 en que Natalia, mi novia doctora, me contó que quería irse a España a hacer una especialización médica. Yo erguí las cejas en señal de inquietud y sorpresa. A continuación me preguntó si me iría con ella. «¡Sí!», le contesté, sin meditarlo: no solo me interesaba proseguir con nuestra relación, sino que se me hizo irresistible la idea de residir en otro país por primera vez en mi vida adulta. De chico viví un año y medio en Francia con mis padres, fuimos felices allá, pero esa fue una mudanza acordada por ellos. Y luego, más de diez años atrás, pasé doce meses estudiando en Estados Unidos, pero aquella fue una estancia académica con intermitencias, blindada por la certeza de que al cabo de ese tiempo volvería a Lima, a mi vida de siempre. 

Esta vez es diferente. Esta vez soy yo, al borde de los cuarenta, yéndome lejos por mi propia voluntad, decidido a emprender algo así como una segunda existencia al lado de mi mujer, a tratar de cuajar una vocación literaria que, aquí, en el Perú, ha estado supeditada a los ritmos, a veces frenéticos, a veces pausados, de mi trabajo periodístico. Dejo atrás todo lo que ha hecho que me sienta seguro y afirmado para despertar en mi cerebro nuevos terminales nerviosos. Nunca la ilusión y el miedo se fundieron con tanta naturalidad en torno a mí. Nunca el futuro fue un signo de interrogación tan bien delineado. Nunca el nombre propio «España» me resultó tan sencillo de asociar a palabras como «puente», «destino», «plenitud» o «reinvención». 


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Hace unos días, un familiar, a raíz de la aparición de mi última novela, La Distancia que nos Separa —donde reconstruyo la relación con mi padre y narro intimidades suyas en clave de auto-ficción, moldeando mis recuerdos—, me acusó de haber escrito ese libro cegado por mi «necesidad» de figuración, dinero y fama. Comprendo la indignación, mas no el desvarío. Si en verdad padeciera de esa angurria que con injusticia se me achaca, si tuviera en serio una debilidad psicológica por la figuración, lo más razonable hubiera sido continuar trabajando en un medio de comunicación de tanto alcance, tanta exposición y prestigio como RPP —donde monologaba diariamente, en horario estelar, delante de una cámara de televisión—, en vez de refugiarme en una ciudad europea donde, salvo mi novia y un puñado de peruanos, no me conoce ni un perro. De igual modo, si fuera cierto que tengo un hambre voraz por acumular dinero, lo lógico hubiese sido aferrarme al sueldo fijo que, mes a mes, era depositado en una cuenta bancaria de libre disponibilidad. Mi decisión, sin embargo, va en el sentido opuesto: seré un orgulloso desempleado, con escuetos ahorros, en un país seriamente agobiado por la crisis económica. Es cierto que haré las veces de colaborador o freelance, pero nadie va a pagarme en euros por ello. (Cuando alguien me pregunta: «¿Y ya sabes qué vas a hacer por allá?», yo respondo: «Sí. Los lunes y miércoles, arroz con huevo; los martes y jueves, ensalada rusa; y los otros días, tallarines con mantequilla»). 


Finalmente, si me urgiera la atención de los reflectores, si anduviera detrás de la fama con el patético desespero que se me adjudica, habría aceptado algunas de las propuestas delirantes que me han hecho llegar en los últimos años, como por ejemplo, bailar toda clase de ritmos tropicales en el sintonizado show de Gisela Valcárcel; pasar el casting de conducción de ese programa inclasificable que es La Noche es Mía; o presentar un magazine de mediodía en un canal histórico de la avenida Arequipa. Felizmente son los hechos, no las palabras, los que desmienten esa inverosímil búsqueda de fama a cualquier costo.

«¡Cómo se te ocurre irte en tu mejor momento!», me espetó hace un par de tardes un amigo ocasional, como resondrándome. Apenas le sonreí. Me dio flojera enumerarle las razones de esta operación que supone ejercitar mi desapego. Me pareció inútil explicarle que mi «mejor momento» no está aquí, al menos por ahora, sino allá, con Natalia, en esa pequeña terraza que ella ha acondicionado con tanto amor para que yo escriba más novelas confesionales, o al menos para que muera dichoso en el intento. 

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