viernes, 31 de julio de 2015

Momento Kodak

Fecha: 30-07-2015

Todos hablan de la imagen. De la rochosa postal de los ministros tomándose fotos en la puerta de Palacio mientras el Presidente se desgañita frente al patio de honor, hablando de «inclusión social» frente a un enjambre de seguidores. Un momento Kodak para el álbum. La solemnidad con que Humala daba su última alocución de julio, jugándose quizá el poco crédito que le queda, contrastaba, colisionaba con el chongo que armaban detrás suyo los ministros, sus hombres de confianza, quienes no resistían la tentación de registrar con sus celulares el espectáculo de Fiestas Patrias, sin darse cuenta de que eran precisamente ellos, con su disfuerzo, quienes componían la que sería al final del día la instantánea más emblemática del 28 de julio.

No fueron todos, es cierto. Los únicos que se mantuvieron firmes y callados, como corresponde, fueron los de Economía, Relaciones Exteriores, Defensa e Interior. Los demás, en cambio, eran una pandilla de manganzones de secundaria metiendo vicio en su último día de clases, cagándose de lo lindo en las sentidas palabras del director. En un adolescente, eso da risa. En un ministro, da vergüenza ajena. Unos buscaban el selfie como Ellen DeGeneres en el Óscar; otros la panorámica; otros el mejor ángulo de la Plaza Mayor, pero todos celebraban la gracia, sonriendo como si no estuviesen al tanto de los pobrísimos resultados que sus gestiones alcanzan en las encuestas nacionales.

Nadie quiere ministros almidonados, adustos, con expresión monolítica, incapaces de reírse. Pero una cosa es que sean cercanos y otra que sean faltosos, frívolos. Lo del martes fue de verdad patético. Los únicos que pueden salvar a un Presidente devaluado son sus ministros (Toledo lo sabe), más aún cuando la otra posible figura de apoyo, la Primera Dama, atraviesa una severa crisis de imagen. ¿Acaso no se han percatado de que son parte de un Ejecutivo sin credibilidad? O es que pretendían darnos un mensaje paralelo de Fiestas Patrias, como diciendo: este gobierno es un circo y nosotros, los primeros payasos de la Nación. 

domingo, 26 de julio de 2015

La posibilidad de ser otro

Fecha: 25-07-2015

El próximo miércoles me voy del país. Me voy a vivir a Madrid por unos años, cinco en principio, aunque podrían ser más. Lo escribo y me suena a mentira. Lo escribo y recuerdo ese día soleado del otoño 2014 en que Natalia, mi novia doctora, me contó que quería irse a España a hacer una especialización médica. Yo erguí las cejas en señal de inquietud y sorpresa. A continuación me preguntó si me iría con ella. «¡Sí!», le contesté, sin meditarlo: no solo me interesaba proseguir con nuestra relación, sino que se me hizo irresistible la idea de residir en otro país por primera vez en mi vida adulta. De chico viví un año y medio en Francia con mis padres, fuimos felices allá, pero esa fue una mudanza acordada por ellos. Y luego, más de diez años atrás, pasé doce meses estudiando en Estados Unidos, pero aquella fue una estancia académica con intermitencias, blindada por la certeza de que al cabo de ese tiempo volvería a Lima, a mi vida de siempre. 

Esta vez es diferente. Esta vez soy yo, al borde de los cuarenta, yéndome lejos por mi propia voluntad, decidido a emprender algo así como una segunda existencia al lado de mi mujer, a tratar de cuajar una vocación literaria que, aquí, en el Perú, ha estado supeditada a los ritmos, a veces frenéticos, a veces pausados, de mi trabajo periodístico. Dejo atrás todo lo que ha hecho que me sienta seguro y afirmado para despertar en mi cerebro nuevos terminales nerviosos. Nunca la ilusión y el miedo se fundieron con tanta naturalidad en torno a mí. Nunca el futuro fue un signo de interrogación tan bien delineado. Nunca el nombre propio «España» me resultó tan sencillo de asociar a palabras como «puente», «destino», «plenitud» o «reinvención». 


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Hace unos días, un familiar, a raíz de la aparición de mi última novela, La Distancia que nos Separa —donde reconstruyo la relación con mi padre y narro intimidades suyas en clave de auto-ficción, moldeando mis recuerdos—, me acusó de haber escrito ese libro cegado por mi «necesidad» de figuración, dinero y fama. Comprendo la indignación, mas no el desvarío. Si en verdad padeciera de esa angurria que con injusticia se me achaca, si tuviera en serio una debilidad psicológica por la figuración, lo más razonable hubiera sido continuar trabajando en un medio de comunicación de tanto alcance, tanta exposición y prestigio como RPP —donde monologaba diariamente, en horario estelar, delante de una cámara de televisión—, en vez de refugiarme en una ciudad europea donde, salvo mi novia y un puñado de peruanos, no me conoce ni un perro. De igual modo, si fuera cierto que tengo un hambre voraz por acumular dinero, lo lógico hubiese sido aferrarme al sueldo fijo que, mes a mes, era depositado en una cuenta bancaria de libre disponibilidad. Mi decisión, sin embargo, va en el sentido opuesto: seré un orgulloso desempleado, con escuetos ahorros, en un país seriamente agobiado por la crisis económica. Es cierto que haré las veces de colaborador o freelance, pero nadie va a pagarme en euros por ello. (Cuando alguien me pregunta: «¿Y ya sabes qué vas a hacer por allá?», yo respondo: «Sí. Los lunes y miércoles, arroz con huevo; los martes y jueves, ensalada rusa; y los otros días, tallarines con mantequilla»). 


Finalmente, si me urgiera la atención de los reflectores, si anduviera detrás de la fama con el patético desespero que se me adjudica, habría aceptado algunas de las propuestas delirantes que me han hecho llegar en los últimos años, como por ejemplo, bailar toda clase de ritmos tropicales en el sintonizado show de Gisela Valcárcel; pasar el casting de conducción de ese programa inclasificable que es La Noche es Mía; o presentar un magazine de mediodía en un canal histórico de la avenida Arequipa. Felizmente son los hechos, no las palabras, los que desmienten esa inverosímil búsqueda de fama a cualquier costo.

«¡Cómo se te ocurre irte en tu mejor momento!», me espetó hace un par de tardes un amigo ocasional, como resondrándome. Apenas le sonreí. Me dio flojera enumerarle las razones de esta operación que supone ejercitar mi desapego. Me pareció inútil explicarle que mi «mejor momento» no está aquí, al menos por ahora, sino allá, con Natalia, en esa pequeña terraza que ella ha acondicionado con tanto amor para que yo escriba más novelas confesionales, o al menos para que muera dichoso en el intento. 

Olvidar lo malo, recordar lo bueno

Autor: Raúl Tola
Fecha: 25-07-2015

A nueve meses de las elecciones generales del 2016, una nueva encuesta confirma las tendencias en la intención del voto. Keiko Fujimori ocupa un cómodo primer lugar para la primera vuelta, y tiene ventaja frente a cualquiera de sus rivales en la segunda vuelta. Todavía no enfrenta las críticas y denuncias que suelen llover en el trecho final de una campaña –¿algún video inédito, por ejemplo?–, pero queda claro que su caudal de votos se ha expandido, y que sus contrincantes deberán prodigarse más que en 2011, si quieren vencerla en la carrera hacia la presidencia. ¿Cómo lo ha conseguido?

Los estrategas de Keiko Fujimori se han esforzado en construir un discurso componedor, que apela a la «madurez» de los electores, quienes deben olvidar los errores y crímenes que tapizan la historia del fujimorismo, como condición para que nuestro país se reconcilie y prospere. En los últimos años, hemos visto el proceso de conversión de algunos de los periodistas y políticos que denunciaron con mayor ferocidad al gobierno de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, por atentar contra el orden democrático, cometer violaciones a los derechos humanos y robarle cantidades de vértigo al erario público –6,000 millones de dólares, según un balance publicado por El Comercio en 2010 que algún hacker se ha apresurado a censurar para Facebook y Twitter–. Fernando Rospigliosi y Luis Iberico, dos de los más conspicuos críticos de aquel régimen, acaban de subirse a su tren de campaña, llevando el asombro a nuevos niveles.

Pero el fujimorismo pide una amnesia selectiva. Así como exige que sus grandes pasivos queden en el olvido, recuerda permanentemente las políticas que le acarrearon una mayor popularidad, acusando de ingratitud a quienes no lo hacen. Esta contradicción es el punto de partida para la invención de una nueva identidad, que sus voceros oficiosos han pretendido presentar como una refundación. Nada la resume mejor que aquella frase estrambótica, gritada a todo pulmón por Keiko Fujimori a sus seguidores, al calor de los resultados de la primera vuelta del 2011: «¡Que se escuche hasta la Dinoes!».

No hace falta un análisis muy profundo para verle las costuras a esta estrategia, puramente cosmética. Basta revisar el entorno de la candidata fujimorista, para encontrar a las mismas personas que formaron parte del régimen del ex presidente Fujimori, hoy preso por crímenes de lesa humanidad y corrupción. ¿Qué clase de renovación puede incluir a los actuales congresistas de Fuerza Popular Martha Chávez, Luz Salgado, Alejandro Aguinaga, Cecilia Chacón, Luisa María Cuculiza o Rolando Reátegui, por mencionar algunos nombres? Esto sin contar a la propia candidata, que ejerció el papel de primera dama durante el gobierno de su padre.

El Perú necesita verdaderos partidos políticos, que representen todas las tendencias existentes, dentro de los márgenes de la democracia Así como no tenemos una izquierda moderna, que deslinde sin medias tintas con las prácticas totalitarias de la órbita bolivariana, nos hace falta una verdadera derecha, con un discurso articulado e inteligente, que rechace el autoritarismo y el mercantilismo de los noventa, y crea sin dudas en la libre competencia y el imperio de la ley. Hasta ahora el fujimorismo no ha demostrado ser esa alternativa. No lo será mientras no haga cambios de fondo, y se cuide de omitir el primer paso honesto para una verdadera reconciliación: la autocrítica.

sábado, 25 de julio de 2015

Keiko la rompe

Autor: Juan de la Puente
Fecha: 24-07-2015

La reciente encuesta de IPSOS trae por lo menos tres novedades, interesantes aún para una campaña electoral adelantada, considerando que faltan más de 8 meses para la primera vuelta. Son datos sugerentes que agrietan el molde clásico en el que se cocina la competencia entre los candidatos llamados tradicionales.

Primero. Nuevos ejes de la campaña. La seguridad y la corrupción se convierten en los principales problemas que interesan a los ciudadanos, más que duplicando como expectativa al desempleo, a la pobreza y al costo de vida. Este es un coctel amargo para todos, un cambio de fondo respecto a las campañas del 2001, 2006 y 2011, dos temas que hacen uno, y que más que un desafío son una interpelación a la política, un reclamo que los candidatos deberán empeñarse en responder.

No es seguro que sean los ejes definitivos de la campaña. En tanto, los candidatos no están cubriendo estas expectativas o, mejor dicho, los movimientos que ensayan parecen ir en una dirección distinta a la que se mueve la opinión pública. La predominancia de la inseguridad/corrupción no les pide ponderación a los aspirantes presidenciales, de modo que quizás nos encontremos muy cerca de ofertas radicales en este campo, so pena de la irrupción de un candidato sorpresivo que prometa un menú más convincente, duro y popular.

El coctel inseguridad/corrupción que bebemos todos es, a golpe de fracasos, también una puerta abierta para todo, inclusive para el populismo. En el rubro seguridad, los candidatos no se atreven todavía a jugar fuerte con la militarización de la lucha contra el delito y con la ampliación de la pena de muerte; y sobre la corrupción, parece que nos dirigimos a un pacto entre la política y el ciudadano cínico –el que abjura de la corrupción pero le saca provecho– que votará por medidas radicales a sabiendas de su inviabilidad.

Segundo. Keiko Fujimori rompe el techo del tercio electoral. La candidata de Fuerza Popular tenía una intención de voto de alrededor del 30%. En el sondeo de IPSOS salta al 36% en la pregunta con tarjeta, duplicando a PPK (17%), triplicando a Alan García (12%) y más que cuadruplicando a Alejandro Toledo ((8%). Keiko también derrotaría a PPK y a García en una segunda vuelta, y aparece muy favorecida a diferencia del 2011 en las alternativas “definitivamente votaría por ella” y “podría votar por ella” (49%), y más capacitada para encarar la corrupción, la delincuencia y el desempleo.

Sin magnificar la tendencia, es interesante reparar en que 3 de cada 10 peruanos creen que el fujimorismo puede liderar la lucha contra la corrupción y la delincuencia, una imagen que lleva a preguntas que incomodan algunos sentidos comunes: ¿Son más fuertes otros “antis” que el antifujimorismo? ¿Es eficaz la actual política antifujimorista basada en la memoria, y que no aborda el actual comportamiento de Fuerza Popular? ¿Mide ahora la opinión pública a Keiko con una vara distinta a la del 2011? ¿Creen los ciudadanos, a diferencia de la elite política, que Keiko expresa el neofujimorismo?

Tercero. El electorado ha iniciado (o empezó hace rato) un giro conservador. No repetiré en este punto lo que afirma otro sondeo reciente que amarra a los peruanos con modelos sin vasos comunicantes. En cambio el sondeo de IPSOS expone el escaso arraigo de la izquierda, el copamiento del escenario por una derecha que entra y sale del centro con gracia y salero, el escaso número de los que piden que el próximo presidente sea democrático y el bajo índice de votos blancos y viciados.

Aquí, más preguntas incómodas: ¿El Perú ya está preparado para elegir por primera vez desde 1956 un gobierno conservador a cara descubierta? ¿Será la izquierda la gran derrotada del quinquenio humalista, la que pague los platos rotos del fracaso de la Gran Transformación? ¿La derecha ha empezado a repartirse los efectos personales de una izquierda ausente? ¿Ante el riesgo de la derrota aplastante, es preferible una candidatura izquierda/izquierda o izquierda/centro?

http://juandelapuente.blogspot.com

¿Un nuevo tipo de amenaza?

Autor: Mirko Lauer
Fecha: 24-07-2015

El explosivo detonado en una función circense a pocos días de las Fiestas Patrias parece una acción de terrorismo puro. Quien lo hizo no pudo calcular que solo habría heridos, pero aun estos más la popularidad de la Paisana Jacinta, el leit motiv del circo, le garantizan al crimen suficiente publicidad, si eso es lo que se buscaba. Lo único que no calza hasta ahora es el anonimato del atentado.

La actual lista de explicaciones gira en torno de dos hipótesis, ambas asuntos de dinero: extorsionadores impacientes y competidores comerciales con reflejos delincuenciales. La empresa afectada rechaza lo primero y sostiene no haber recibido amenazas. Ella parece más inclinada a la explicación comercial, pero tampoco se compromete con esta versión de las cosas. La policía parece haber asumido la primera hipótesis.

La perspectiva del extorsionista tendría que atribuirle una fuerte dosis de imbecilidad, puesto que el estallido de una granada en plena función eleva todo el asunto a un plano que vuelve incobrable la extorsión. Además la actuación de la policía quizás neutralice la posibilidad de que esa granada asuste con fines de extorsión a otros dueños de circos en esta temporada. La cosa les habría estallado en la cara, digamos.

Sin embargo la insólita multiplicación de incendios inexplicables en los últimos tiempos (uno de ellos en el mercado Las Flores, Breña, el pasado domingo cinco) hace pensar en una plaga de extorsionadores enloquecidos, además de los habituales. No hay pruebas de esto en el caso del circo Paisana Jacinta. La policía ya ha proporcionado el nombre de una posible banda culpable, pero no sabemos qué significa esto. No hay luces sobre por qué estarían los extorsionadores volviéndose más violentos frente a sus potenciales víctimas.

También hay una explicación que apunta a miembros del personal de seguridad del propio circo aconchabados, dicen sus acusadores, con la vendetta de un municipio rival. Pero el salto desde el modesto show de la polémica Paisana Jacinta (ícono racista y muy popular al mismo tiempo) hasta la política de los grandes municipios se presenta inverosímilmente largo.

El dueño del circo ha expresado indecisión respecto de si seguir con las funciones o simplemente cerrar el negocio. Si esta segunda posibilidad tiene algún asidero, entonces también la tendría que considerar la media docena de circos instalados en la zona. Salvo que el dueño tenga algún tipo de información que no está revelando a la prensa.

En cualquiera de los casos, una granada estallando en un espacio público es una siniestra escalada en cuanto a modalidad de crimen. Como lo fueron en su momento los asesinatos en torno de la política local y la contratación de sicarios para ejecutarlos. La difundida impunidad le da a todo avance criminal un poderoso efecto de demostración.

miércoles, 22 de julio de 2015

Comentarios de Actualidad Nº 23



Comentarios de Actualidad N° 23 / 20 de Julio del 2015
Posted by Manuel Benza Pflücker on Martes, 21 de julio de 2015

lunes, 20 de julio de 2015

El mandato

Fecha: 19-07-2015

Una de las preguntas que con más constancia se me ha formulado en estos días es: «¿Cuándo te diste cuenta de que querías escribir una novela sobre tu padre?». En todos los casos, mi respuesta cayó rápidamente en digresiones debido a que no he conseguido identificar un único momento que deflagrara o propiciara la escritura de mi libro.

Quizá debería aclarar que La distancia que nos separa es la primera novela sobre mi padre pero no el primer libro. Varias de las páginas de mis tres poemarios aluden a su muerte. En el último de ellos, Nuevos poemas italianos, hay un poema, El David, que no escribí pensando en él pero que, tal como alguien me hizo notar luego, constituye una evidente alegoría a su figura. [«En el fondo de tus ojos, David, el gigante se sigue desplomando/ Su cabeza, desigual y rota, no para de sangrar/ ¿Qué música indecente se columpia  entre tus manos? ¿En qué primorosa lluvia se remoja tu cabello?/ Te veo y tiemblo, David/ Tengo una pedrada tuya alojada en un lugar de mi pasado»].

Antes de eso, entre el segundo y tercer poemarios, escribí una plaqueta —El laberinto de las espadas— con poemas acerca de su muerte o de los efectos o despojos de su muerte. Sin embargo, no parece haber bastado la poesía. Era necesaria otra mirada, otra voz, otro temple para proyectarlo y hablar de su desaparición. Aun así, no estoy satisfecho. Cómo podría estarlo, si detrás de todo padre muerto siempre hay una narración insuficiente.


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Si pienso en escritores que fueron inspiradores, pienso en el argentino Federico Andahazi. Lo conocí el 2009, en México. Estábamos en medio de una recepción ofrecida a los ganadores del Premio Planeta; él en calidad de invitado especial, yo de reportero ordinario. Como hacía poco había leído La ciudad de los herejes, me acerqué a entrevistarlo. Conversábamos divertidamente y se me dio por contarle aspectos de la vida que mi padre llevó de joven en Buenos Aires, donde nació. En ese entonces mis indagaciones recién empezaban. «¿Y vos escribís?», me preguntó Andahazi de súbito, abriendo los ojos como lupas. Me sorprendió la intención, el tono que usó al decir «escribís», como refiriéndose a escribir pero de verdad, escribir en serio, orgánicamente, literariamente, como si escribir fuese botar lava y sangre desde el estómago. No se refería a la escritura como oficio alimentario, como hacer burocráticas notas de prensa como la que yo acababa de enviar a Lima esa mañana contando el quién-cuándo-cómo-dónde del Premio Planeta. Con un inmenso pudor le dije que sí, no porque estuviese convencido de ser un escritor sino por vergüenza a que viera en mí a un mecanógrafo con carné de prensa, un mal afeitado cronista del montón. «Tenés que escribir eso que me contaste», completó Andahazi y yo percibí que su frase era una especie de orden o asignación.

Algo similar me ocurrió con el chileno Alberto Fuguet, una noche de ese mismo 2009. El lugar: la Feria Ricardo Palma. Apenas terminamos de presentar su novela Missing —la fantástica investigación sobre su desaparecido y luego reencontrado tío Carlos— firmó mi ejemplar: «Ahora espero que te hagas cargo de tu historia». Un año atrás en Santiago, en la terraza del hotel Bonaparte, le había confesado que me inquietaba el origen secreto de mi familia, en especial los primeros años de mi padre, y él me miró con escándalo, como queriendo gritarme «¡Anda ponte a trabajar!».

Entonces me puse a trabajar más. Y como a la literatura hay que ayudarla a fluir, fue clave recibir cierto sostén logístico. Pienso, por ejemplo, en Ramona Mohme, querida amiga de mi madre, quien me prestó un bungaló campestre sin preguntarme para qué lo necesitaba. Allí me encerré varias semanas para vérmelas a solas con mi libro y mis archivos. Allí, apartado de Lima, oyendo la evolución de los ciclos del río, pude internarme en un bosque hecho de preguntas y derribar —ciego, decidido, un hacha en cada mano— los gigantescos árboles torcidos que se interponían entre las palabras y yo.


Pero hubiese sido imposible refugiarme en aquella cabaña idílica si no fuese por mis jefes, que advirtieron que la cara que llevaba el día que me presenté en sus oficinas clamando por un descanso, un paréntesis, una licencia sin goce, era la imagen viva de una frustración que no iría a resolverse de otro modo que escribiendo. «¡Ya, vete, vete!», me dijeron, hartos de esa apatía contagiosa que se me adhería a los huesos por fuera.

No sé si estas nuevas digresiones sirvan para responder convincentemente la pregunta inicial, pero quizá sí alcancen para explicar que, en algunos casos, y ojalá este sea uno, la literatura no asoma como una decisión sino que se impone como un mandato.