miércoles, 1 de julio de 2015

CON EL CRISTO DE ESPALDAS

Autor: Manolo Echegaray
Fuente: Diario 16
Fecha: 01-07-2015

Me parece que Alguien debe estar muy molesto...

A nadie le debe hacerle mucha gracia estar en un sitio donde hace frío en invierno y se sancocha uno al sol en los veranos.

Tampoco que lo iluminen por la noche luces de colores cambiantes, como si de estar en una discoteca se tratara.

No Le debe gustar ser copia de una copia y no tener las proporciones adecuadas, además de estar fabricado en material sintético, una especie de plástico. Eso tampoco creo que sea de Su agrado.

Tal vez sea esa la razón porque está ocurriendo lo que ocurre. El que posiblemente Esté Molesto: Ha dejado que se descubran cosas que  no creo que gusten al que obsequió la estatua y al que la recibió para ponerla luego en la punta de un cerro, mirando a una ciudad caótica y convulsa.

Hay comentarios, afirmaciones, comunicados, juicios, negaciones, acusaciones varias y posibles implicaciones  que forman una red extensísima que está haciendo noticia.

Digo yo que puede ser que allí esté el error.

No Le debe agradar el verse utilizado de una y otra parte.

Introdujeron a un jugador que no jugaba; pusieron a un testigo que rechazó el papel. Creyeron que obsequiándolo, construyéndolo,  iluminándolo a colores y poniéndolo con los brazos abiertos, todo mal sería conjurado. Pero es que no contaron con Su posible, posterior enojo. No pensaron que no Le gustaría nada el asunto y seguro se creyeron limpios de polvo y paja. A salvo de futuros nefastos, titulares de diarios y sospechas.

No contaron con que Al que todo lo sabe le caería mal todo el asunto y dejaría libres a los demonios, a los caballos del Apocalipsis para que hicieran su trabajo, sabiendo que estarían contentos porque tenían pan por rebanar.

Así, han metido la pata y después se metieron del todo. Estamos como estamos por falta de cuidado, exceso de confianza y mentirse a sí mismos, además de engañar a los demás. Se equivocaron, sí, se equivocaron e hicieron justamente lo que nunca debían haber hecho. Tocaron el timbre equivocado, llamaron a la puerta que no era, creyeron que era fútbol y Él estaba en ajedrez.

Olvidaron algo que nunca debieron olvidar, pero recordarán toda su vida, aunque estén donde estén. No hay que mencionar Su Nombre en vano. Ni levantar estatuas de mal gusto, digo yo.

Presentes griegos

Autor: Mirko Lauer
Fecha: 01-07-2015

Desde hace largos meses cada mañana hemos venido despertando con la noticia de que Grecia ya ha dado el paso final hacia el abismo, y que la Unión Europea se lo ha permitido. Lo que han producido los salvatajes de último momento es la idea de que un colapso griego afectará irreparablemente a la UE como unidad económica y política. Una situación que no pudo haber llegado en peor momento.

Mientras se escriben estas líneas la suspensión de pagos anunciada por los griegos ha llegado a su fecha límite, y los efectos en las bolsas de valores mundiales han empezado a dejarse sentir. Aun si aparece una solución, cabe preguntarse cuántas de estas salvadas de último minuto (de hecho una muerte lenta) puede aguantar la situación. En lo financiero y en lo político interno griego.

La más reciente solución de último minuto podría aparecer a partir de una propuesta presentada ayer martes por la mañana en Atenas para obtener dos años de ayuda con una reestructuración paralela de la deuda, y tácito acatamiento de una mayor austeridad. En Alemania, el país clave para decidir este tipo de cuestiones, hay fuerte división entre Ángela Merkel, a favor, y las autoridades financieras, en contra.

El temor concreto es que una suspensión de pagos griega afecte a todo el sistema financiero europeo, con la mayor presión sobre aquellos países de la región que todavía no terminan de recuperarse de la crisis mundial del 2008 y sus secuelas. Un tsunami financiero que podría llegar a virtualmente todas las costas del mundo.

La situación ha llegado a tal punto que incluso varios países de la UE que han estado salvando a Grecia del abismo ahora están debilitados ellos mismos. Un retiro griego de la zona del euro impactaría sobre la moneda común, obligaría a rebarajar las cartas económicas de Europa, y abriría las puertas a un desfleque de la zona político-económica entera. Todo esto con las presiones rusas a las puertas.

Para hacer hincapié en la gravedad del asunto, varios analistas han señalado que Grecia es la primera economía desarrollada que deja de cumplir un pago pactado con el FMI. El gobierno de Atenas no se ha dejado impresionar por esto, y más bien se ha refugiado en los argumentos sociales que han sido moneda corriente en los países acogotados del tercer mundo.

Mientras tanto sigue la angustiada exploración de cuál podría ser la próxima Grecia. La lista de candidatos es larga, y va desde lo posible, como Puerto Rico, hasta lo insólito, como China o los Estados Unidos, pasando por España o Italia. Indicio de que pocos piensan que el problema termina con una solución griega, y que la próxima vez puede ser peor.

De tripas, corazón

Fecha: 01-07-2015

Con solo 10% de aprobación, el presidente Ollanta Humala empezará el último año de su mandato con debilidad y la interrogante de qué puede hacer con ese escaso capital político en el tramo final.

Según la encuesta de GfK publicada el domingo aquí en La República, Humala llegó al punto más bajo de aprobación en lo que va de su presidencia, cayendo de 16 a 10% entre mayo y junio, como consecuencia de deficiencias en su desempeño que la opinión pública estaría percibiendo en el manejo de los asuntos mineros –concretamente por el proyecto Tía María– y en la lucha contra la corrupción, específicamente por todas las denuncias que se vienen realizando contra su esposa Nadine Heredia.

Un hecho particularmente interesante de la encuesta de GfK es la constatación de que la aprobación al presidente Humala fuera de la ciudad de Lima cayó entre mayo y junio de 17 a 8%, mientras que la desaprobación a nivel nacional trepó de 77 a 85%.

La aprobación presidencial es un registro dinámico que puede ir hacia arriba o hacia abajo. En el caso de Humala, sin embargo, es probable que el 10% actual ya esté casi raspando la olla y no vaya a caer mucho más (aunque uno nunca sabe), pero de lo que no hay duda es de que el escaso respaldo a su desempeño constituye una expresión de un gobierno que entra a su último año marcado por la debilidad.

¿Qué puede hacer Humala con eso? Para ello es crucial que defina, primero, qué objetivo quiere priorizar durante el último año de su mandato entre dos opciones básicas.
Una opción sería terminar su gobierno de la mejor manera que se pueda; y la otra sería construir la mejor alternativa electoral que le sea posible, dentro de las circunstancias, para lanzar una candidatura presidencial que sea locomotora de una bancada parlamentaria interesante para el lustro siguiente.

Este segundo objetivo lo diferenciaría de las dos presidencias anteriores, pues tanto Alejandro Toledo como Alan García no parecieron estar especialmente interesados en la elección siguiente a su gobierno y casi mandaron listas al muere. Humala, en cambio, sí tiene un gran interés en los comicios del 2016.

En teoría, se podría pensar que ambos objetivos no son excluyentes, es decir, que si su gobierno termina del mejor modo posible, mejoraría su posibilidad electoral en el 2016.
Pero esto no es necesariamente cierto porque darle prioridad al objetivo electoral, pondrá al gobierno de Humala –como lo está ahora– en la mira de la oposición, y eso reducirá su margen de acción para potenciar su desempeño. En los próximos días esta columna ampliará cada uno de estos escenarios.

Tres soldados en Tacna

Fecha: 01-07-2015

Pocas semanas atrás han sido rescatados los cuerpos de dos soldados bolivianos y de uno peruano, quienes murieron durante la batalla de Tacna, denominada el Alto de la Alianza. De acuerdo a información de El Comercio, el embajador boliviano ha visitado el Museo Nacional de Arqueología e Historia, donde se vienen limpiando y acondicionando sus cuerpos, con miras a ser devueltos al país altiplánico y seguramente para alguna ceremonia local con nuestro compatriota. Valga la oportunidad para una sumaria revisión de la cuestión boliviana, vista desde el Perú durante la guerra del Pacífico.

Frecuentemente se escucha decir que fuimos a la guerra para ayudar a Bolivia. Es más, que si no fuera por Bolivia no habríamos tenido razón alguna para luchar contra Chile. Pero, cabe una reflexión. Seis años antes de la guerra, el Perú firmó libremente un Tratado con Bolivia. ¿Cuál era nuestro interés? Una razón era estratégica, evitar una posible alianza político-militar de Chile y Bolivia en contra del Perú. Esa alianza pudo haberse consumado y nos hubiera arrasado.

A continuación, teníamos interés económico. El Perú era dueño de aproximadamente la mitad del salitre, una de las materias primas de exportación mejor cotizadas de esa época. La otra mitad estaba en Bolivia y la explotaba una compañía anglo-chilena. Antes de la guerra, como informa Basadre, el Perú había adquirido un extenso denuncio en la provincia entonces boliviana de Atacama. Es decir, estábamos listos para competir con Chile en la explotación de salitre en el litoral altiplánico. Nos convenía que Bolivia fuera nuestro aliado, para avanzar nuestras fichas empresariales en su territorio.

Así entonces, fuimos a la guerra por nuestras propias y legítimas razones y no por altruismo. Otro punto importante que se da por sentado es el abandono boliviano. Se dice que Bolivia se retiró de la guerra, precisamente después de la batalla del Alto de la Alianza, donde perecieron los tres soldados que han sido recientemente rescatados por un eficiente equipo de arqueólogas nacionales.

Pero se olvida de que Bolivia envió dinero y armas al Perú. Como ha demostrado el historiador Daniel Parodi, durante la resistencia nacional, Bolivia transfirió recursos económicos y pertrechos militares, incluyendo cañones comprados en Argentina. No colaboró con tropas y pudo haberlo hecho. Prefirió no exponerse a una represalia chilena. Pero no nos abandonó, sino que nos siguió apoyando en una medida que quizá se puede juzgar como insuficiente. Es distinto.

Otra entrada al tema señala que, después de Tacna, fue Chile el que eligió el teatro de la lucha. Luego de la batalla del Alto de la Alianza, Chile invadió el Perú y no Bolivia; fue el enemigo el que trasladó la guerra a nuestro territorio. Es decir, Bolivia no decidió que no hubiera combates en su territorio.

Con respecto a la problemática del abandono, leyendo al gran historiador boliviano Roberto Querejazu se encuentra un argumento que en el Perú muchos considerarán insólito. Según su parecer, cuando el Perú negoció en Ancón, dejó al aliado fuera de las tratativas. En ese momento, Bolivia estaba técnicamente en guerra con Chile. Es cierto que no había combates en su territorio, mientras que el Perú estaba destrozado. Aunque el Perú tenía poderosas razones para terminar con la guerra, lo hizo a solas. Fue a la lucha acompañado y salió por su cuenta. Por ello, Querejazu se pregunta, ¿quién dejó a quién?

Como puede verse, cada país posee su propia historia nacional y muchas veces causa sorpresa saber qué se piensa de uno, en los otros países que tienen que ver con los mismos hechos. En el Perú solemos creer que solo con Chile debemos hallar vías para un mejor entendimiento, pero resulta que tampoco nos hemos aclarado con Bolivia ni tenemos una historia mínimamente compartida. Con el aliado de ayer nos sobra desconfianza, reticencia y altanería que sería bueno dejar atrás, porque su origen es el racismo contra toda la población andina.

Ejercicios para sobrevivir

Fecha: 28-06-2015

Cuando, a los veinte años, Jorge Semprún decidió unirse a uno de los grupos de la Resistencia francesa contra el nazismo, el jefe de Jean-Marie Action, la red de la que iba a formar parte, le advirtió: “Antes de aceptarte, debes saber a lo que te arriesgas”. Y le presentó a “Tancredo”, un sobreviviente de las torturas a que la Gestapo sometía a los combatientes del maquis que capturaba. Las atrocidades que aquél le describió, las padecería Semprún dos años más tarde, cuando, por la delación de un infiltrado, los nazis le tendieron una emboscada en la granja de Joigny que lo escondía.

La pesadilla se convirtió en realidad: la inmersión en las aguas heladas de una bañera llena de basuras y excrementos; la privación de sueño; las uñas arrancadas; el crujir de todos los huesos del esqueleto al ser colgado del techo de los talones amarrados a sus manos; las descargas eléctricas y las palizas salvajes en las que el desmayo resultaba una liberación.

Nunca antes de escribir este libro, que se ha publicado póstumamente en Francia (“Exercices de survie”), Jorge Semprún había hablado en primera persona de la tortura, el horror extremo a que puede ser sometido un ser humano a quien los verdugos no sólo quieren sacar información, sino humillar, volver indigno y traidor a sus hermanos de lucha. Pero, aunque nunca hablara de ella en nombre propio, aquella experiencia lo acompañó como una sombra y supuró en su memoria todos los años de su juventud y madurez, en la Resistencia, en el campo nazi de Buchenwald y en sus periódicas visitas clandestinas a España como enviado del Partido Comunista, para tender un puente entre los dirigentes en el exilio y los militantes del interior. En este libro inconcluso, apenas esbozado, y sin embargo lúcido y conmovedor, Semprún revela que la tortura –el recuerdo de las que padeció y la perspectiva de volver a soportarlas– fue la más íntima compañera que tuvo entre sus veinte y cuarenta años. La describe como el apogeo de la ignominia que puede ejercitar la bestia humana convertida en verdugo, y como la prueba decisiva para, superando el espanto y el dolor, alcanzar las mayores valencias de dignidad y de decencia.

En sus reflexiones sobre lo que significa la tortura no hay autocompasión ni jactancia y, sí, en cambio, un pensamiento que traspasa lo superficial y llega al fondo de la condición humana. En Buchenwald, su jefe en el maquis lo felicita por no haber delatado a nadie durante los suplicios –“Ni siquiera fue necesario cambiar los escondites y las contraseñas”, le dice– y el comentario de Semprún no puede ser más parco: “Me alegré de oír eso”. Luego explica que la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad. 

Un ser humano, sometido al dolor, puede ceder y hablar. Pero puede también resistir, aceptando que la única salida de aquel sufrimiento salvaje sea la muerte. Es el momento decisivo, en el que el guiñapo sangrante derrota al torturador y lo aniquila moralmente, aunque sea éste quien convierta a aquel en cadáver y vaya luego a tomarse una copa. En esa victoria silenciosa y atroz lo humano se impone a lo inhumano, la razón al instinto bestial, la civilización a la barbarie. Gracias a que hay seres así el mundo es todavía vivible.

Hace bien Régis Debray, prologuista de “Exercices de survie”, en comparar a Jorge Semprún con André Malraux, que padeció también las torturas de los nazis sin hablar (sus verdugos no sabían quién era la persona a la que torturaban) y, como aquél, fue capaz de convertir “la experiencia en conciencia”. Fue, asimismo, el caso, en España, de George Orwell, a quien casi matan los propios compañeros por los que se había ido a España a luchar, y de Arthur Koestler, esperando en su celda de Sevilla la orden de fusilamiento expedida por el general Queipo de Llano. Ellos, y millares de seres anónimos que, en  circunstancias parecidas, actuaron con el mismo coraje, son los verdaderos héroes de la historia, con más pertinencia que los héroes épicos, ganadores o perdedores de grandes batallas, vistosas como las superproducciones cinematográficas. No suelen tener monumentos y, la gran mayoría, ni siquiera son recordados o incluso conocidos, porque actuaron en el más absoluto anonimato. No querían salvar una nación ni una ideología; sólo que no fuera la fuerza bruta sino el espíritu racional y el sentimiento  lo que primara en este mundo sobre el prejuicio racista y la intolerancia criminal ante el adversario político, la civilización creada con enormes esfuerzos para sacar a los seres humanos del estado feral y organizar sus sociedades a partir de valores que permitan la coexistencia en la diversidad y hagan disminuir (ya que erradicarla del todo es imposible) la violencia en las relaciones humanas.

Jorge Semprún fue uno de estos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza. Nacido en una familia acomodada, eligió desde muy joven, sacrificando su vocación por la filosofía, militar en el Partido Comunista y desaparecer en la clandestinidad bajo seudónimos, luchando contra el nazismo y el franquismo, padeciendo por ello el infierno de la tortura, del campo de concentración, muchos años de clandestinidad que lo hicieron vivir desafiando a diario largos años de cárcel o una muerte horrible. ¿Y todo ello para qué? Para descubrir, cuando entraba en la etapa final de su existencia, que el ideal comunista al que tanto había dado, estaba corrompido hasta los tuétanos y que, de triunfar, hubiera creado un mundo acaso todavía más discriminatorio e injusto que el que él quería destruir.

Algunos ex comunistas se suicidaron y otros rumiaron su frustración en la neurosis o un desgarrado silencio. Pero, no Jorge Semprún. Siguió luchando, tratando de explicar aquello que había comprendido al final, en libros que son testimonios extraordinarios de lo huidiza que puede a ser a veces la verdad, y de cómo a menudo ella y la mentira se mezclan de tal manera que parece imposible identificarlas. Sin caer nunca en el pesimismo, encontrando razones suficientes para seguir militando en pos de un mundo mejor, o, por lo menos, más tolerable, con menos injusticias y menos violencias, y mostrando que siempre es posible resistir,  enmendar, reiniciar esa guerra en la que sólo se pueden observar victorias momentáneas, porque, como dice Borges en el poema a su bisabuelo que luchó en Junín, “la batalla es eterna y puede prescindir de la pompa,  de visibles ejércitos con clarines”.

Aunque el último libro de Semprún evoque el más espantoso de los temas  –la tortura–, uno termina de leerlo sin caer en la desesperanza, porque, además de brutalidad y maldad demoníacas, hay en sus páginas, contrarrestándolas, idealismo, generosidad, valentía, convicción moral y razones sólidas para sobrevivir.

Budva, Montenegro, junio de 2015

lunes, 29 de junio de 2015

Bacanal de inmoralidad

Autor: Jorge Bruce
Fecha: 29-06-2015

Lo ocurrido esta semana en la Corte Suprema de los EEUU ha sido motivo de regocijo para muchos, con independencia de su orientación sexual, ideas políticas o creencias religiosas, así como de tristeza y angustia para otros. Es lo que sucede con todas las decisiones trascendentales. A los que nos ubicamos en el primer grupo nos toca persuadir a los segundos de lo bien fundado de esa jurisprudencia histórica, que va mucho más allá de las fronteras de los EEUU por ser la gran potencia que es, con una influencia inmensa a nivel mundial. He tomado prestado el título de esta nota al cardenal Cipriani, no porque tenga la menor esperanza de convencerlo, ni tampoco con ánimo de ironizar, sino porque pienso que representa un poder conservador que obstaculiza el desarrollo de la sociedad peruana.

Por eso es importante desbaratar su acérrima oposición a la igualdad de derechos en el Perú. Cuando compara, por ejemplo, el derecho de todos a contraer matrimonio con la obligación de asignar el mismo sueldo a los trabajadores, incurre en una falacia grotesca. Mientras el segundo caso constituye un contrasentido, pues el salario depende de una serie de factores que deben ser ponderados en cada caso (que hayan diferencias escandalosas es otro problema), los derechos de las personas no admiten diferencias. Cuando compara la decisión de la Suprema estadounidense con el Holocausto o las masacres del Estado islámico, ya entramos en el terreno del delirio.

Si un paciente me dijera algo así en el consultorio me preocuparía sobremanera acerca de la gravedad de su diagnóstico y pronóstico. Pero esto lo digo a título de ejemplo, pues estoy convencido de que Cipriani sabe muy bien lo que está diciendo. El suyo es un discurso político, destinado a asustar a quienes todavía lo escuchan. La finalidad de estas deliberadas exageraciones es la de mantener el poder del sector retrógrado de la iglesia, apoyándose en gente como el congresista Eguren o el PPC, de quienes sospecho lo mismo.

La mayoría de ellos sabe que están profiriendo falsedades irresponsables y peligrosas, pero sienten que su supervivencia política está en juego.

Mantener a los grupos LGTBI o a las mujeres en condición de inferioridad les otorga una posición hegemónica. Funciona como el racismo, del cual Cornelius Castoriadis explicaba que se sustenta en el silogismo de la amargura: para afirmar el valor de A tengo que afirmar el no valor de no A. Es decir, si soy heterosexual, hombre, blanco, rico etcétera, valgo más que quien no lo es. Hay una dimensión narcisista y otra de codicia en esta pulsión de dominio. Pero de Cipriani no se podía esperar otra cosa y no nos decepciona su prédica desaforada. En cambio el presidente Humala, chiquito como en las encuestas (frase que alguna vez me dijo de sí mismo con humor el difunto y querido Valentín Paniagua), desaprovechó otra ocasión de mostrar coraje y fuerza de convicción. Al decir que “somos realidades distintas” se sumó a la auténtica bacanal de inmoralidad, aquella de pretender que unos tienen más derechos que otros.

En el diván electoral

Autor: Mirko Lauer
Fecha: 29-06-2015

Las encuestas se concentran en explorar la opinión del ciudadano que va a votar “como si las elecciones fueran mañana”. En el mejor de los casos consultan, a la salida del centro de votación, al ciudadano que acaba de hacerlo hace uno o dos minutos. No sabemos cómo recuerdan, o cómo evalúan las personas su decisión de hace unos pocos años. Quizás no siempre queremos recordar, pero el ejercicio sería útil.

Buscamos conocer la visión del elector hacia el futuro. Pero en general sabemos poco sobre cómo se relaciona con decisiones tomadas en el pasado, y cómo estas decisiones han sobrevivido en su ánimo. Tiene que haber votantes arrepentidos y votantes orgullosos de lo que han hecho, o incluso votantes corroídos por la duda retrospectiva.

Aquí proponemos una encuesta para averiguar cómo se relaciona el votante con sus decisiones de unos pocos años atrás. Quizás las preguntas mismas pueden ser refinadas desde el punto de vista técnico, pero el objetivo es claro: detectar si, a la luz de los resultados, hay alguna conciencia de error en el proceso electoral. Aquí van unas cuantas preguntas, a las que el lector puede añadir algunas suyas.

• ¿Acudiría a votar si ello no fuera obligatorio?

• Si es de los que no acudirían, ¿qué es lo que le molesta de tener que votar?

• ¿Recuerda todavía por cuál candidato votó para el Congreso en el 2011?

• Si su candidato efectivamente fue elegido ¿Está hoy contento con aquella decisión?

• Si no está contento con su voto, ¿por cuál de los actuales congresistas le gustaría haber votado?

• ¿Alguna vez ha sentido responsabilidad por haber elegido mal a la hora de votar?

• Si las elecciones fueran mañana, ¿votaría por el mismo candidato presidencial por el que votó en primera vuelta de alguna pasada elección?

• ¿Le gusta la idea de estar votando por alguien con serias posibilidades de ganar, o eso no es tan importante para usted?

• ¿Alguna vez ha sentido una contradicción entre sus simpatías políticas y su decisión de por quién votar?

• ¿Alguna vez ha cambiado súbitamente de candidato cuando ya estaba en la caseta de votación?

• ¿Por qué cree que otros no decidieron votar por su candidato?

• ¿Alguna vez ha sentido la tentación de ser candidato usted mismo o misma?

Probablemente un profesional puede encontrar maneras más directas de ingresar al alma del votante y en algunos casos descubrir incluso cómo este se enfrenta a lo irreparable. Por ejemplo, en la modesta experiencia de este columnista, menos problemas internos suele causar haber votado por alguien que no ganó la elección.